Los niños y los jóvenes,
dicen las autoridades,
son arcángeles sociales
que debemos proteger,
por eso, exige la directriz,
hay que librarlos del pecado
y el mal pensamiento,
sus oídos no podrán recibir
palabras hirientes,
sexo, libertad, dictadura,
corrupción, resistencia,
hambre, pobreza,
comunismo
y mil palabras más,
así reza el manual ministerial
jamás escrito
pero siempre aplicado.
Por eso he decidido,
en alguna mañana sin recuerdo,
convertir mi aula en Sodoma
llenas de palabras hirientes,
de versos, música y arte,
de sensaciones y humanismo,
prefiero ser culebra en un árbol
que un docente en el Edén.