Tengo tantas ganas de llorar,
sumergirme en gritos
y golpes de desesperación,
ortigarme el alma,
emborracharme en vasos de lágrimas,
destruir el silencio,
envenenar al espejo,
amputar el reloj,
teñir de rojo al sol,
pero cuento hasta diez
y sin haber llegado a tres
recupero la compostura
cociéndome la máscara
y el trajecillo superficial
ya estoy listo para socializar
feliz y sonriente, como decía la abuela.