I Estación.
Deseo atravesar cada misterio
de las catorce estaciones
de tu purificado cuerpo,
ungirme en el cáliz destellante
de tu entre pierna,
implorar la divina eternidad
de un gemido angelical,
convertir tu sudor en sangre
de arcángeles desterrados,
ser profano en tu edén
de desnudos y verdades,
crucificar mis temores
de malsana cristiandad,
implorar la bendición
de tu fuego redentor.
II Estación.
Y cómo no desear ser parte
del viacrucis de tu piel,
vos que sos un bosque nuboso
en sahara occidental,
oasis de placer sin complejos
de pesebre y nazareno
Vos que derrites el aparentar
en el fuego ácido de tu libertad
que hablas sin cadenas de sociedad
ni del milagroso inconsciente.
Vos que siembras árboles
de manzana e hiel
en cada esquina de la palabra
y de la simple ignorancia.
Por eso no necesito palmas
ni burros, ni pueblos,
me basta un beso y una caricia
para penetrar los muros
de tu ciudad bendita,
os llevaré ofrendas
y capas de reyes magos
no por que seas bendita
entre todas las mujeres
ni por arcángeles sin vocación
simplemente entregare
mi cuerpo, mi alma y mi todo
en tres ofrendas a vos,
que sos las más humana
e integral de las mujeres.
III Estación.
Por eso tu ritual me sorprende,
te incas frente al altar de los de siempre
y la perpetua rutina,
abres tu boca frágil y sin convicción,
te atragantas con su cuerpo
áspero, seco y añejo,
lentamente humedeces tus labios
hasta recibir su unción,
luego viene el agotamiento
de la dignidad y la esperanza,
te levantas sin mirarle
y el bendice con su cruz
de milenios corroídos,
y entonces te alejas
murmurando salmos
y maldiciones,
tratando de olvidar
aquel instante en que su cuerpo
fue la excusa para penetrarte
de ideas y confesiones.
IV Estación
Y al verte salir de la iglesia
me acerco sin destino,
te tiendo la mano samaritana
y un rosario de caracoles,
juntos, bajo esa vieja campana,
nos encontramos sin ropa
de sotanas y alas,
fue el momento en que,
sin decirlo ni advertirlo,
rogamos juntos al creo,
creo, creo, creo,
creo en la santa iglesia
católica apostólica y romana
y en sus perennes milagros
de pedofilia en oscuridad,
creo, creo, creo,
creo en la santa madre
de algún dios inocente
y en su virginidad de madera
tallada por mano experta,
creo, creo, creo,
creo en la santa trinidad,
sobre todo la que baila
en la sabana herejes de elección,
y almohadas sin confesión.
Creo, creo, creo,
creo en dios tanto,
y con tanto pasión,
que estoy seguro de que
él se esconde de las iglesias
al tiempo que cela
nuestro ímpetus tan humanos
y tan deseables.
V Estación
A lo lejos contemplamos sus vitrales,
sus santos plasmados con virtud,
Marías con mil salvaciones
y su atrofiado Jesús en una cruz.
Nos liberamos del ancestral candado
de complejos eclesiásticos
con la simple llave del conocimiento
de palabras, dioses y deseos.
Nos alejamos, marchando sin burro
ni palmas arrojadas sobre la marcha
sin antiguos evangelios
ni felaciones de vino y mesías.
Las puertas de la ciudad
han sido cerradas a la tempestad
de pecado y lujuria,
de cuerpos unidos en el vientre,
por eso nos alejamos, sin burro
ni palmas, ni bendiciones,
entregados al pecado más profano
de ser sin látigos ni sotanas.
VI Estación
En las puertas de la ciudad
tus manos sudaban rosarios,
vinos sin cáliz victoriosos,
liquidez de salmos
eran tus húmedos crucifijos
de remordimiento de honesta felicidad
no reglamentada,
ese quiebre de puritana,
rasgos de mujer liberada,
virgen sin aclamadores
profesionales sinuosos,
Vivías, deseándolo y negándolo,
el período de abstinencia
de ese puto opio de pueblos
con sus oraciones, sus rituales,
sus cruces enarboladas,
clavos sagrados penetrando mentes,
sangre derramada,
libertades suprimidas,
inocencias exterminadas.
Fuiste, entonces,
mujer por segunda vez,
ser humano por primera vez
condenada por las escrituras
absuelta por la esencia.
VII Estación
Así, con esas ramas
de leche y canela,
recuerdos y premoniciones,
convertiste el agua
en extenuante tentación
recorriendo tu piel,
salpicas tu cuerpo
en un vals excitante
de espuma y deseo,
envuelves tus muslos
sin mariposas de inocencia
ni pulcras poses,
huyes de la santa hermandad
buscando refugio entre mis labios,
atrincherándote en esta ducha
sin armonía ni vitrales,
así, magdalena moderna,
me haces creyente por
tu resurrección de deseo,
por hacer risible el milagro
de un hijo de carpintero
y sus teñidas aguas.
VIII Estación
Volviste al aposento,
tenías que volver,
sin miedos ni silencios
gritaste al santísimo
hasta derretir sus clavos,
odias su mirada de dolor,
su sangre derramada
en ese viejo y flaco cuerpo,
sus púas crujientes
tomando su frente,
esa constante repetición
de crucifixión y sacrificio,
lo odias por su soberbia
de no preguntar
si ocupabas un redentor
o un nazareno de tragos,
por dejar secuestrar su mensaje
por los cuervos que representan
su regreso inconcluso
IX Estación
Gritaste, gritaste,
Gemiste, gemiste,
Sudaste, sudaste,
Viviste el orgasmo
crucificado sobre sabanas
de colores exuberantes,
temblaste ante el dolor
e imploraste la continuación,
no tuviste acompañantes
a tu alrededor,
faltaron los ladrones
y el público creyente,
pero continuaste el sacrificio
gritaste, gritaste
gemiste, gemiste
sudaste, sudaste
tu cuerpo sucumbía al placer
desconocido hasta entonces,
olvidaste el tabú
y al Cristo en su cruz,
con esa beta
de placer a solas,
resucitaste a la tercera noche
para poblar el mundo
con tu independencia de placer
X Estación
Esa vieja sabana
bañada en esperma
es nuestro manto sagrado
con su divina imagen
de majestuoso goce
consagrado a la memoria,
bendecido por dioses,
juzgados por pulpitos,
condenados por frustrados.
XI Estación
Hoy que estamos tan juntos,
tan desnudos de alma,
ya no interesan clavos en la cruz
ni vírgenes, santos y cuentos,
no quedan recelos de mitos
publicados en evangelios,
sólo somos vos y yo
ante el altar del apetito
humanamente carnal
y sagradamente libertador,
agradeciendo a Adán y Eva
por ser los primeros perseguidos
políticos de la dictadura angelical,
por enseñarnos, en silencio y acción,
que un orgasmo bien vale
el exilio de un aburrido paraíso.
Eso somos hoy, juntos los dos,
fieles practicantes del dulce pecado,
admiradores de serpientes,
forasteros de pesebres,
constructores de Sodoma
en cada vieja habitación
donde guardamos el arca
de alianza de cuerpo y placer.
XII Estación
Junto a tu virginal presencia
cualquiera es un peregrino
imitador de Jesús,
aquel profeta que durante días
murió en el cuerpo de Magdalena
y resucito al tercer día,
aquel cuyo semen fue censurado
en pliegos reinterpretados
y a quien la sagrada historia
le borro su tan amada
humanidad.
XIII Estación.
Es viernes,
las cruces están tiradas
por las avenidas,
las sotanas descansan en los bares
disimulados de cúpula bizantina,
la procesión se ha dispersado
más rápido que la memoria,
y vos aquí tentándome el recuerdo,
siendo mi serpiente en el desierto
por tu libertad, por tu pensamiento,
por no ser objetivo patriarcal,
por romper las reglas de misoginia,
junto a tu intangible belleza
cualquier día es santo
y el nazareno crucificado
no es más que una breve
distracción de aguaceros
de alas y palabras.
XIV Estación
En los falsos pergaminos,
con tono triste y melancólico,
alguien escribió
“y Jesús lloró”
Probablemente
fue un error de traducción,
correctamente debe decir
“y Jesús rió”
rió al leer las tonterías
que algunos autodenominados
santos discípulos,
escribieron sin preguntar
al sacro cielo
ni entender la sociedad.
Rió, rió, rió,
durante seis días
hasta que en séptimo descanso
de tanta estupidez
denominada fe.
Guau, de lo mejor que has escrito.
Quede pasmado, increible. No hay uno que baje la calidad.
Comparto el criterio de Daniel, es muy bueno!!! esta genial..:-)