La montaña se desnuda
lentamente al atardecer,
lentamente se quita su ropaje
de blandas nubes
hasta que emergen
sus frondosas caderas de pino y laurel
y sus exquisitos manantéales
abandonan el pudor y la hiel.
Sus gemidos de bobos y yigüirros,
anuncian su excitación
cada vez son más incontenibles
su palpitar y el olor de su cabello
de lunar rocío.
Quién fuera su amente sol
en este amanecer de bestialidad
para convertir la tenue brisa
en orgasmo coloquial.