Por cada volante,
un aplauso.
Por cada madrugón,
un abrazo.
Por cada visita,
una sonrisa.
Lástima que sigamos siendo los mismos,
los que aplaudimos,
los que abrazamos,
los que sonreímos.
Lástima que nos cuidamos tanto
al toser y estornudar,
ahora somos tan pocos los contagiados
de esta locura de utopías y esperanzas.